Escrito está con sangre en el dintel de la historia,
el ángel vertió su copa sobre el mar de cristal.
No habrá memoria de vuestra vana gloria,
cuando el abismo reclame su tributo final.
Vieron la bestia emerger de las aguas del ruido,
con diez coronas forjadas en el fuego del mal.
El juicio desciende sobre el pueblo dormido,
que cambió su corona por un yugo mortal.
Los sellos se rasgan, el cielo se enrolla.
La trompeta suena en la gran oscuridad.
El tiempo es una herida que ya no se arrolla,
Testigo silente de vuestra impiedad.
¡Profecías!
El pergamino se quema en el aire.
El Éxodo avanza por un valle de sombras.
¡Profecías!
No habrá quien os ampare,
Cuando el gran Juez camine sobre vuestras alfombras.
¡Lo que fue dicho, al fin se cumplió!
Babilonia la grande, caída en su orgullo,
embriagada de engaño y de falso fulgor.
El mundo es un resto, un triste despojo,
ante la ira del trueno y el santo furor.
¿Dónde están vuestros dioses de luz y mentira?
¿Dónde el refugio que el hombre inventó?
Solo queda el azufre, la voz de la ira,
y el silencio del alma que el acíbar bebió
¡Rasgad vuestras vestiduras, no el corazón!
¡El sol se oscurece, la luna es de sangre!
¡La sentencia es eterna, no habrá redención!
¡Profecías!
El pergamino se quema en el aire.
El Éxodo avanza por un valle de sombras.
¡Profecías!
No habrá quien os ampare,
cuando el gran Juez camine sobre vuestras alfombras.
Consumado es...
El fin de los tiempos ha llegado...
Bienvenidos al Éxodo Digital.